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Nuestros trenes: los trenes obreros

24 de julio de 2010

Este escrito fue realizado, por José Luis Domínguez, a mediados del año 2004.

Precisamente por estas fechas, junio de 2004, podríamos estar celebrando jubilosamente el centenario de la inauguración de los ramales del FFCC de Riotinto a Nerva y Zalamea, pero el destino hizo que estos trenes, que tanto contribuyeron al progreso y bienestar de nuestros pueblos, no tuviesen fuerzas suficientes para llegar a la celebración de esta efeméride, pues la locomotora de vapor que era su impulsora y que representó con su llegada la presencia del progreso a la zona en los inicios de la revolución industrial, no pudo ser sustituida por otros medios tecnológicos más acorde con el nuevo avance de la civilización, primero por el progresivo agotamiento de los minerales y segundo por los polos industriales creados por el régimen de Franco que acabaron por trasladar la industria química y metalúrgica existente hacia otras zonas de la provincia más favorecidas por el dedo.

Después, en época democrática, no se quiso, no se pudo o no se supo crear los sectores de servicios necesarios para dotar de otras alternativas a la población laboral, como se llevó a efecto en otras zonas mineras del norte de España, y la locomotora de vapor desapareció de nuestro paisaje llevándose todo cuanto de progreso y bienestar trajo con su llegada, abriendo una vez más a sus habitantes las puertas de la emigración, esta vez, eso sí, más preparados intelectualmente, tal como deseaban las empresas de las ciudades, regiones o países más prósperos.

Por estos motivos, en homenaje a estos añorados trenes no tengo más remedio que llenar estas líneas con una gran carga de nostalgia.

Circulaban por unas líneas estrechas en cuanto a su paralelismo, pero de inconmensurable dimensión humana por la virtud que tenían de unir aún más a los pueblos que conforman la Cuenca Minera, ya de por sí fundidos para siempre por el destino, hasta hace poco por la actividad minera y en el futuro por el azar o por el azahar, según prospere los planes de Riotinto Fruit, a las horas del día que marcaban los relevos del personal, transportando a los trabajadores desde Zalamea y El Campillo-Traslasierra que coincidía en la estación de El Valle con la llegada de otro procedente de Nerva. El más importante, por la carga de trabajadores que portaba era sin duda alguna el que a primera hora de la mañana llevaba al personal desde Zalamea a Naya, recogiendo en su recorrido a trabajadores de El Campillo, El Valle, La Mina o Riotinto Pueblo y Riotinto Estación para tenerlos en sus lugares de trabajo a las ocho en punto de la mañana.

Tren obrero saliendo de El Valle hacia la Estación El Coso o Mina Baja, a su paso por el camino que subía del Alto de la Mesa (1961)

Este tren a su retorno, pasadas las cinco de la tarde, compuesto por un número muy importante de coches todos de 3ª clase, tenía una subida a El Coso muy cansina, acaso en consonancia con el estado de ánimo de sus ocupantes, y la locomotora parecía exclamar con sus ruidos acompasados: ¡Qué fatiga, qué trabajo, cuesta arriba, cuesta abajo!, mientras que lanzaba por su chimenea al aire grandes porciones de humo de colores blanco o negro, según requería su caldera siempre vigilada con mucho celo por los fogoneros.

En determinadas cuestas su poca velocidad permitía a una persona poderse apear en marcha o al maquinista recoger a una persona por el camino, sino fuese porque ambas cosas estaban rigurosamente prohibidas por el reglamento y ya sabían los empleados con qué clase de jefes o capataces se la jugaban.

Los coches de viajeros, no muy limpios, portaban en su interior una gran humareda, una mitad que se introducía por las ventanillas de la propia locomotora y la otra producida por los cigarrillos liados de tabaco que contenían aquellos “colchones” de forros, verdes o colorados de Tabacalera, de tan tristes recuerdos para los fumadores, y presentaban un aspecto bastante tenebroso. En ellos viajaban, unidos y entremezclados muy amigablemente, obreros de todas las profesiones, torneros, fresadores, peones, administrativos, maquinistas, electricistas, tuberos y aprendices de todos los oficios, debido a que los departamentos de la compañía minera eran unas excelentes escuelas de formación profesional.

Determinados trenes permitían, según el horario, viajar a los “particulares”, así llamadas las personas que nada tenían que ver con el servicio de la compañía y que proporcionaban el intercambio de visitantes entre las gentes de estos pueblos, y de este modo podían, por ejemplo, comprar en los comercios de Nerva o dirigirse a Zalamea para proveerse de la rica mistela o aguardientes de sus acreditadas fábricas de anisados.

Tren obrero partiendo de la Estación de Zalamea la Real hacia El Campillo (1961)

Una vez al año el tren obrero se vestía de gala y era portador de personas en estado de ánimo más divertido que se dirigían a Zalamea para asistir a las famosas corridas de toros organizadas por la Feria de Septiembre, para lo que sus organizadores solicitaban a la Compañía la disposición de un tren especial, con cargo naturalmente a los usuarios o en todo caso a los organizadores, y entonces sí que la Empresa era muy generosa, poniendo en servicio a dos locomotoras, previniendo la masiva afluencia de aficionados al “arte de cuchares” que se desplazaban desde Nerva y Riotinto.

Acabada la corrida, los asistentes, en su gran mayoría compañeros de trabajo, se reunían amistosamente en el Real de la Feria, todos provistos del típico bastón de feria confeccionado a base de palos de adelfa muy vistosamente pintajeados, para tomar unas “manguaras” y comentar las incidencias de la corrida que terminaban de presenciar. Y si aún quedaba un poco de tiempo, hasta la hora fijada para el regreso del “tren especial”, para comprar un trozo de turrón de esos de “a peseta el taco, Paco”, mucho mejor todavía.

Una vez rematada la jornada taurina, el tren regresaba con aire de fiesta y por su alegre marcha, las propias locomotoras parecían muy satisfechas de llevar a esta carga humana tan distinta a la de todos los días.

Añoradas estampas llenas de convivencia de las cosas con sabor a pueblo, con todo el significado emocional que este vocablo encierra, que tanto echamos de menos en nuestros días y de los que “nuestros” trenes desaparecidos eran principales protagonistas.

José Luis Domínguez Ramírez.

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